En este artículo la recordada periodista Angela Ramos, nos cuenta sus recuerdos de aquel Jirón de la Unión que se fue, llevándose anécdotas, lugares y personajes que alguna vez le dieron el brillo de antaño, y que ahora forma parte del recuerdo:
Pasemos una rápida revista de las tiendas de ese jirón que pertenece a la Lima que se fue. Viniendo de la plaza San Martin, sobre la vereda de la derecha, en donde más tarde fue "El Trocadero" de Pedrín que se había venido de la Plaza de Armas donde funcionó como "Estrasburgo", estaba la heladería de Luiggi Cristini, con una pianola que tocaba "Ay, Mari; Ay, Mari", mientras que en el fondo, inmenso y tétrico, se proyectaban películas mudas.
Este local vino a ser, después, el "Morris Bar", con asientos forrados de marroquín rojo y mesas en las que brillaba el cromo por primera vez.
Aquí se sirvieron los primeros "pisqui-sour" a veinte centavos con canela sobre la espuma y una guarnición de azúcar alrededor del vaso. Allí vi, asociados, a dos políticos de más tarde: José Ángel Escalante y Luis Alberto Sánchez. Unos pasos más allá la botica de Anaya y, sobre la vereda opuesta, un cine subterráneo que no sé cómo se llamaba, y donde se paseaban las ratas impunemente. Unos pasos más allá la Peluquería de Villasol, después la casa de modas de madame Grimaux, en cuyos altos estaban la Young Men Christian y la oficina de ese querido e inolvidable amigo Augustito Leguía Swayne, educado en Londres y amigo de toreros y de coristas. Sus íntimos le habían achacado amores, en España, con "la bella estropajito" y él, muy canchero y muy torerito, se reía con el sombrero inclinado sobre la ceja. No quiero olvidar la Sastrería de Blanco, que vestía a los elegantes de esos tiempos.
Y entramos a Baquíjano. Siguiendo siempre sobre la mano
derecha, La Prensa era el centro de atracción no sólo por la prestancia de sus directores de antaño, cómo don Alberto Ulloa, sino porque era un diario de oposición y porque allí escribían periodistas de la talla de Cisneritos, de Valdelomar, de Yerovi, de Garland, Delboy Emilio y otros; periodistas y bohemios jironeros que fueron de toda mi amistad y cariño, excepto Valdelomar y Yerovi, a quienes no conocí. En esa misma vereda, si mal no recuerdo, estaba la sombrerería de Atilio Varese, la más antigua de su ramo. En Baquíjano, en la vereda del frente, estaba la librería "La Aurora Literaria", en donde nos dábamos cita todos los escritores y bohemios de entonces. Allí llegaba "el chino" Félix del Valle, "Vallecito", con su calva incipiente, su sonrisa de fauno y sus frases malignas; allí ese hombrón-niño que se llamó Alejandro Ureta y que había permanecido largos años en París. Como del Valle, trabajaba en El Comercio. Allí vi llegar con trotecillo de caballito joven a César Vallejo, el genio bailándole en los dos carbones de los ojos. A veces llegaba acompañado del poeta norteño Pancho Sandoval. Fue aquí, en esta librería, donde hizo un día su aparición estrafalaria ese queridísimo "cholo" Ladislao Meza, bohemio y dipsómano, en uno de sus días terribles. Venía bambaleándose, con un zapato marrón y el otro negro y amarrado a la solapa del saco un gran cordón, que le daba hasta los pies, adonde había atado, a modo de trofeos, todos los destapadores de botellas y tirabuzones de las cantinas por donde había pasado...
Antes de "La Aurora Literaria" estaba el cine Excélsior, sala frecuentada por las damas bien de otrora, especialmente en los "viernes de moda" en que se publicaban los nombres de las asistentes a palcos y plateas en "Notas Sociales". Y creo que, entre el cine y la librería estaba una compañía de seguros que me parece fue la "Italia".
Al comenzar La Merced, a la izquierda, estaba el bazar Pathé, que perteneció a Hernán Bellido, tan apreciado por todo el mundo. Aquí se vendían discos, papel de cartas, revistas, postales, artículos de escritorios, lindos juguetes y libros. En la acera opuesta estaba el Cinema Teatro de la Merced, que antes se había llamado "Fémina" y que, mutatis mutandi, fue cine Campoamor y cine Biarritz hasta el año pasado (1968) que cayó al golpe de la piqueta.
Si "la cartilla no se me fue por la calle de la Merced" (la de los recuerdos) estoy casi segura que aquí estaba la tienda de Kitsutani, una tienda millonaria en la que se vendía "desde un buque hasta un palillo de dientes". Era de un deslumbramiento oriental. Uno se mareaba viendo los enormes floreros de porcelana de Satsuma al pie de los pequeños de dos pulgadas, floreros que nos hablaban de lejanas dinastías, damascos que evocaban suntuosas geishas, brocados de deslumbrante colorido, biombos de fina laca con animales pretéritos relevados en pan de oro y flores exóticas que nos hablaban del misterio de las tierras de los samurais. Alfombras, cortinas, petates, sedas estampadas eran una alucinación para los ojos y una tentación para el bolsillo.
Vista hacia la calle La Merced, puede apreciarse el cartel del antiguo cine Campoamor, c. 1950
El inolvidable Palais Concert
Y allí, en esa esquina de Baquíjano, está el lugar más querido y buscado de los limeños de entonces: el Palais Concert. Por una puerta se entraba al salón de té y por la otra al bar y a la confitería. La puerta del Palais siempre estaba llena de futres y de chismes. Allí los hermanos Sánchez Concha, Pico y Sarapico, el "bibelot" Campodónico, Antuco Garland, Guillermo Dyer, Nicolasito Dora, el "ñato" Vélez Alvarez Calderón. Y vestido con su atuendo barroco de zapatos con "capellada" y gran cordón sosteniendo los anteojos, ese grande de nuestras letras que fue Abraham Valdelomar; ése que dijo que el Perú era Lima y Lima el Jirón de la Unión...
Adentro estaban ellas mirándose en los espejos de las columnas y coqueteando con los galanes, mientras sorbían las deliciosas "champañitas" preparadas por los hermanos Gamarra, barman uno y dueños del salón ambos. Las damas vienesas, blondas y bellas, desde la galería situada en la parte alta, echaban al vuelo las notas de sus violines y violas y Franz Lehar nos embrujaba con la magia de una música que ya no se volverá a repetir...De repente aparecía Carmen (así se llamaba o mereció llamarse), la florista chulapona que dejaba en las mesas sonrisas y perfumes de jazmín del Cabo. Y los espejos triplicando las figuras.
Estos espejos del Palais fueron el último rezago de la coquetería limeña.
Este local vino a ser, después, el "Morris Bar", con asientos forrados de marroquín rojo y mesas en las que brillaba el cromo por primera vez.
Aquí se sirvieron los primeros "pisqui-sour" a veinte centavos con canela sobre la espuma y una guarnición de azúcar alrededor del vaso. Allí vi, asociados, a dos políticos de más tarde: José Ángel Escalante y Luis Alberto Sánchez. Unos pasos más allá la botica de Anaya y, sobre la vereda opuesta, un cine subterráneo que no sé cómo se llamaba, y donde se paseaban las ratas impunemente. Unos pasos más allá la Peluquería de Villasol, después la casa de modas de madame Grimaux, en cuyos altos estaban la Young Men Christian y la oficina de ese querido e inolvidable amigo Augustito Leguía Swayne, educado en Londres y amigo de toreros y de coristas. Sus íntimos le habían achacado amores, en España, con "la bella estropajito" y él, muy canchero y muy torerito, se reía con el sombrero inclinado sobre la ceja. No quiero olvidar la Sastrería de Blanco, que vestía a los elegantes de esos tiempos.
Y entramos a Baquíjano. Siguiendo siempre sobre la mano
derecha, La Prensa era el centro de atracción no sólo por la prestancia de sus directores de antaño, cómo don Alberto Ulloa, sino porque era un diario de oposición y porque allí escribían periodistas de la talla de Cisneritos, de Valdelomar, de Yerovi, de Garland, Delboy Emilio y otros; periodistas y bohemios jironeros que fueron de toda mi amistad y cariño, excepto Valdelomar y Yerovi, a quienes no conocí. En esa misma vereda, si mal no recuerdo, estaba la sombrerería de Atilio Varese, la más antigua de su ramo. En Baquíjano, en la vereda del frente, estaba la librería "La Aurora Literaria", en donde nos dábamos cita todos los escritores y bohemios de entonces. Allí llegaba "el chino" Félix del Valle, "Vallecito", con su calva incipiente, su sonrisa de fauno y sus frases malignas; allí ese hombrón-niño que se llamó Alejandro Ureta y que había permanecido largos años en París. Como del Valle, trabajaba en El Comercio. Allí vi llegar con trotecillo de caballito joven a César Vallejo, el genio bailándole en los dos carbones de los ojos. A veces llegaba acompañado del poeta norteño Pancho Sandoval. Fue aquí, en esta librería, donde hizo un día su aparición estrafalaria ese queridísimo "cholo" Ladislao Meza, bohemio y dipsómano, en uno de sus días terribles. Venía bambaleándose, con un zapato marrón y el otro negro y amarrado a la solapa del saco un gran cordón, que le daba hasta los pies, adonde había atado, a modo de trofeos, todos los destapadores de botellas y tirabuzones de las cantinas por donde había pasado...
Antes de "La Aurora Literaria" estaba el cine Excélsior, sala frecuentada por las damas bien de otrora, especialmente en los "viernes de moda" en que se publicaban los nombres de las asistentes a palcos y plateas en "Notas Sociales". Y creo que, entre el cine y la librería estaba una compañía de seguros que me parece fue la "Italia".
Al comenzar La Merced, a la izquierda, estaba el bazar Pathé, que perteneció a Hernán Bellido, tan apreciado por todo el mundo. Aquí se vendían discos, papel de cartas, revistas, postales, artículos de escritorios, lindos juguetes y libros. En la acera opuesta estaba el Cinema Teatro de la Merced, que antes se había llamado "Fémina" y que, mutatis mutandi, fue cine Campoamor y cine Biarritz hasta el año pasado (1968) que cayó al golpe de la piqueta.
Si "la cartilla no se me fue por la calle de la Merced" (la de los recuerdos) estoy casi segura que aquí estaba la tienda de Kitsutani, una tienda millonaria en la que se vendía "desde un buque hasta un palillo de dientes". Era de un deslumbramiento oriental. Uno se mareaba viendo los enormes floreros de porcelana de Satsuma al pie de los pequeños de dos pulgadas, floreros que nos hablaban de lejanas dinastías, damascos que evocaban suntuosas geishas, brocados de deslumbrante colorido, biombos de fina laca con animales pretéritos relevados en pan de oro y flores exóticas que nos hablaban del misterio de las tierras de los samurais. Alfombras, cortinas, petates, sedas estampadas eran una alucinación para los ojos y una tentación para el bolsillo.
El inolvidable Palais Concert
Estos espejos del Palais fueron el último rezago de la coquetería limeña.
Fuente: Revista Oiga N°326 (1969)
Fotos:
-Revistas Variedades 1917
-Internet:
Lima desparecida
Skyscrapercity/ Lima de siempre
No dejes de leer nuestro anterior artículo sobre el Jirón de la Unión: El Jirón de la Unión: Un recorrido de recuerdos
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