viernes, 9 de marzo de 2012

La Casa Hacienda Infantas

En la urbanización Infantas del distrito de San Martin de Porres, se encuentra la Casa Hacienda Infantas, una bella edificación de tiempo colonial que ha llegado a nuestros días, pese al deterioro de su infraestructura. Actualmente la casona ha quedado rodeada de casas y en sus instalaciones funcionaba hasta hace poco una escuela inicial, pero debido al riesgo de derrumbes dejó el lugar. Pero sus ambientes continuan siendo usados por la Asociación de Propietarios de Infantas.

La Hacienda Infantas se dedicaba principalmente al cultivo de caña de azúcar, cerca se encontraba la estación de tren Infantas, que era la segunda del ferrocarril Lima-Ancón, inaugurado en 1870. La estación de Puente Piedra, sobre el río Chillón, se hallaba a 22km de Lima, en la parte alta del mismo valle.

Casa Hacienda Infantas
Atribuida a Villroy Richardson. Década de 1870

Historia de la Casa Hacienda Infantas

Según el portal de la Universidad Católica Sedes Sapientiae, "la Casa Hacienda Infantas viene soportando con poca fuerza el paso de los años y la indiferencia de todos; este bello exponente de la arquitectura rural formó parte de los bienes del convento de Nuestra Señora de la Concepción en el siglo XVI. Uno de los primeros arrendatarios de la casa fue Jerónimo Infante del Real, quien se comprometió en 1667 a pagar un canon de 3 500 pesos anuales por un lapso de tres vidas (padre, hijo y nieto) naturales. Por esos años, la hacienda comenzó a llamarse Infantas, nombre que provenía de la mala pronunciación de Infante. Esta hacienda, de más de 190 fanegadas de extensión (570 hectáreas), se dedicó a lo largo de la colonia a la producción de trigo (XVII) y caña de azúcar (XVIII), además del cultivo de alfalfa y crianza de ganado. Es durante el siglo XX que la hacienda reemplazó el cultivo de azúcar por algodón debido a la gran demanda internacional y al incremento de su precio. Pero el cultivo de caña de azúcar no fue desechado del todo, pues dependiendo de las fluctuaciones del precio del mercado europeo, los propietarios decidían cuando sustituir los cultivos de algodón por los de caña de azúcar. La gran demanda de materias primas obligó a los propietarios a industrializar la producción. Para ello adquirieron modernas maquinarias y herramientas, las mismas que en la actualidad han desaparecido, al igual que los utensilios y demás enseres coloniales y republicanos..." (estudio del Lic. Santiago Tácunan Bonifacio, Docente del área de historia de la UCSS).

Del blog Rumbo al Bicentenario de Juan Luis Orrego Penagos
http://blog.pucp.edu.pe/item/86185/notas-sobre-la-historia-de-lima-norte-los-tiempos-virreinales.

Casa Hacienda Infantas en la actualidad. 2012

Qué nos cuentan los vecinos
Frente a la antigua casona, vive una dama cuyo padre fue capataz en la otrora hacienda Comas. Nos cuenta que su padre llegó a conocer esta bella edificación cuando aún mantenia su estructura completa y que en el terrible terremoto de 1940, parte de la edificacion se derrumbó, quedando sólo lo que ha llegado a la actualidad. Antes de llegar a vivir en lo que se conocía como Pueblo de Infantas, vivió en la hacienda Comas, la que recuerda con nostalgia, cuando aún era todo una magnífica pampa, en la cual soldados venían ha realizar maniobras militares. Recuerda el paso del tren de Lima a Ancón, cuyos silbidos daban la hora a los trabajadores, los viajes hacia Lima y los paseos a la Pampa de Amancaes.
Nos cuenta que cuando hace mucho tiempo, los vecinos por propia iniciativa limpiaron la vieja casona, descubrieron lo que sería el inicio de un túnel que correría debajo de la casa, asegura haberlo visto ella misma. El espacio estaba en muy malas condiciones y optaron por clausurarlo. Menciona que los últimos habitantes de la casa fueron japoneses, los cuales habrían sido deportados en los cuarentas, durante el gobierno de Prado.

Sólo nos queda decir que esta bella edificación es valiosa porque está llena de historia y por su construción en sí, siendo uno de los pocos ejemplos de antiguas casas haciendas que existen en Lima. Su conservación y restauración, no puede esperar mucho tiempo, no esperemos que el tiempo se la lleve en medio del olvido y la indiferencia.

Foto comparativa c. 1870 - 2012

Visita el albúm de la Casa Hacienda Infantas en el facebok de Lima de ayer y hoy: http://www.facebook.com/media/set/?set=a.288940257844167.67715.206654482739412&type=1.

Cómo llegar a la Casa Hacienda Infantas:
Puede llegar por la Av. Panamericana Norte y bajar en el paradero Óvalo Infantas (Av. 25 de enero). De ahi puede llegar a pie (4 cuadras). Vea el plano:


sábado, 3 de marzo de 2012

De de seis a seis el sol achicharra

La exageración limeña ha­cía que los antiguos de la Colonia, exclamaran en el verano: “De seis a seis hace un sol abrasador, y el calor es tan sofocante como para morir re­ventado”.
Y si esto no sucedía, debíase - según los de la época - a la tisanera, el heladero, el barquille­ro, el fresquero, etc., que con sus productos “frígidos” regulaban la temperatura interior.
Así, a las siete de la mañana salían los criados a la calle, con sus envases, al grito pregonero:




Aquí la fresca tisana

para niñas melindrosas
que despiertan con un ojo
y se arropan perezosas

¡La tisanera se va!

¡Tisaaaaaaana con nieve!





Estampas de Pacho Fierro
(1807-1879)

En realidad, era la nieve lo que refrescaba a limeñas y limeños, pero nieve natural de los límites finales de Lima y Huarochirí, desde las alturas de Acobamba, Santa Olaya, etc. En esos luga­res era cortada y protegida por trozos de sal y cubierta por toto­ras, para ser transportada a la ca­pital por los caminos de herradura que descendían a la costa.
Precisamente en lo que hoy es Hacienda Nievería había un gran depósito de transbordo, siendo obligado sitio de “pascana”. Ya en Lima, la nieve, era vendida a los mayoristas, que la distribuían a tiendas y casas.
Con la nieve andina se hacían helados, los que a las dos de la tarde y ocho de la noche origi­naban pregones como éste:



¡De pistache! ¡De pistache!

¡Hay que matar el calor!
¿Quién me llama?

¿De imperial? ¿De chocolate?
¿Un heladito, señor?

Y poco después del atardecer, se renovaba la venta pregonada:

¡Barquilluelos de canela!
¡Barquillero! ¡Barquillero!



Con el tiempo, la nieve fue de­clarada propiedad de la Corona, fundándose el Estanco de la Nie­ve. Desde entonces, cuando lle­gaban los indígenas a las alturas encontrábanse con un mayordo­mo y alguaciles, que controlaban el corte, impedían que lo hicieran personas ajenas al comercio, y a la vez, cobraban el impuesto del Rey.

Frescos y helados comenzaron como labor casera, pero a raíz de su paulatino encarecimiento, se convirtió en industria comercial.
Al finalizar el siglo XVIII, la venta de estos productos en la capital efectuábase en los cafés - de reciente aparición -, puestos callejeros de ubicación fija, y mediante vendedores ambulantes.

Famosas fueron las tisanas de la Plaza de Armas y calle Valladolid, en donde desde las seis de la mañana se expendían emolientes, frescos de limón, piña, guinda, tamarindo, moras, agua de granadas, horchata y suero.
Cabe anotar que, a mediados del siglo XIX, se desayunaba a las seis de la mañana, se almorzaba a las once, y se comía o merendaba a las cinco de la tarde.

Los helados que se vendían en la calle Las Animas, La Merced,Plumereros, etc., eran los más acreditados, cuya fama - ya a fines del siglo XIX - fue heredada por los de Broggi y los de Capella, quienes sostuvieron furiosa competencia.
El primero, que acababa de volver de Europa, trayendo los “últimos adelantos” en la materia, desafió públicamente a su competidor. Debía presentar, como él, helados distintos todos los días, sin contar los habituales: a la Pellisier, a lo Tayllerand, a lo Napoleón, a lo Bolívar.

Antigua confitería Broggi Hermanos

La tisanera vendía sobre su acémila, que transportaba espigados recipientes de barro cocido, o pipas de madera. Y recorría los lugares distantes de los puestos.
Mayor campo de acción tenía el heladero que ofrecía su mercadería de limón, imperial, fresas, chocolate, naranja, leche, etc. El vulgo los llamaba despectivamente “moros”, porque usaban un trapo enrollado en la cabeza como rosca donde descansaba el doble cubo de madera: el exterior con nieve, sal y aserrín, estando los helados en el cubo interior.

Tomás Capella, heladero italiano (1860)

Fueron tan solicitados los helados y las bebidas “frígidas”, que en verdad muchos creían que sin estos “refrigerantes”, la muerte era inminente en la canícula. Sobre todo nuestras remilgadas damitas, aquellas a las que “un ñorbo las descalabra y un jazmín les da jaqueca”.
Hasta que parece que los limeños descubrieron que la “refrigeración” también era posible exteriormente, pero de todos modos, para no perder la costumbre de exagerar, decían: “Doy un ojo de la cara por un poco de nieve, y por un baño los dos”.

Heladero

Fuentes:
Revista Caretas N°304 (1965)
Libro: Pancho Fierro y la Lima del 800
Libro: Acuarelas de Pancho Fierro (MML)
Libro: La recuperación de la memoria. Perú 1842-1942

sábado, 25 de febrero de 2012

Carnaval de Malambo

Fue fiesta movible de tres días entre febrero y marzo, el carnaval de colorido africano en los barrios de Malambo. Desde la entrada triunfal de "Ño Carnavalón", había bulla de chirimías y matracas. Desde "La totorita" donde moraban los negros "San-Güanes" (bebían sangre de toro) hasta "Mondonguería", "Cogos" y "Terranova" bailaban un "toma y daca", en las tambarrias, chinganas y pulperías, adornadas con grotescos mascarones sobre mostradores. Las negras lavanderas se batían con chisguetes de estaño haciendo resonar sus risas en la pampa erizada de cañas con ropa blanca, en los mentados callejones del "Águila" o "Suche".

Fue carnaval de bombilla y jeringa, de pica-pica y cascarones de olor, que entre aromas de fritanga reunieron a la más pura chamuchina. Miles de globos "marinos" estallaban en mamparas de colores, en las verdes celosías y los calados balcones sepia. Alegres "mascaritas" revoloteaban la Alameda del arrabal de San Lázaro, entre gritos, correrías y pregones. Pasaban raudas carretas de baranda adornada con palmeras y mulas enjaezadas a la usanza del país; y cascabeles y guirnaldas, llevando su plataforma repleta gente de color. Encharcaban las polvorientas calzadas cuando el sol derretía en lajas de piedra de Panamá las pinturas aventadas por las prietas mozas. Y en borracheras de chinchiví, chicha de jora y cerveza de Acho, se armaron zafarranchos de baldes y bateas, que aventaban agua chocolate desde las cornisas de las azoteas. Las recias mulatas, chorreando harina y betún mojaban a cachacos coronguinos dentro de la taza de los caños con figuras de leones. Y las turbas de negros retintos zampaban a sus robustas vecinas a las aledañas acequias turbias.

Escena de carnaval
Acuarela de Pancho Fierro (1807-1879)

En la noche, a la luz mortecina de los faroles y candiles, brisando "quita­sueños" entre cadenetas de papel, bajo la sombra de los frescos malambos, res­tallaban en las veredas el trenzado chicote, la inflada vejiga y los cohetecillos de Napoleón. Zapateado entrevero de los renombrados "Churrasco" y "Tacú- tacú", capataces del "Son de los Dia­blos" (arpa, quijada y cajita), alboro­tando las encomenderías "macacas" a las que imponían la clásica multa de ponerles sobre el hombro sus floreados pañuelos, que debían ser colmados con monedas de plata o botellas de ferné y aguardiente para continuar la juerga callejera. El miércoles ceniza en el pampón de cada vecindario populoso se confeccionaba un mamarracho de trapo, el que era paseado en compañía de una lloro­sa viuda y la lectura de un estrafalario testamento, siendo motivo de cierra-puertas en algunas pulperías. Dos semanas después, en la fecha de Cuaresma, se festejaba el Día de la Vieja, con bailes de fantasía que consistían en desfile de pintorescas cuadrillas y visitas hasta la "hora nona". La gente menu­da, premunida de desvencijadas latas, raspaban el piso de las ancianas que andaban en sus quehaceres.

"El Son de los Dia­blos" (arpa, quijada y cajita)
Acuarela de Pancho Fierro (1807-1879)

Ya se durmió el carnaval de agüita florida y kananga, de charquitas cual espejos de luna y estrellas. Se han perdido los ecos tamboreros de otrora. Las charangas se acallaron. También los pitos y los cascabeles. Lamparines y luces de Bengala se apagaron. Las tiendas de los finos polvos de Pompeya ya no existen. Carnaval de antaño ya te has ido, ya te fuiste con tu legendario torneo de cintas a caballo por el arra­bal pinturero de Malambo.

Texto de: Aurelio Collantes
Fuente: El Comercio (18/01/1977)

viernes, 17 de febrero de 2012

El Jirón de la Unión: Un recorrido de recuerdos

Allá por 1861, la Municipalidad de Lima realizó una interesante innovación. Dispuso que se inscribieran en planchas amarillas los nombres de provincias puestos en las calles, correspondiendo las planchas azules para los nombres de departamentos. Las cosas fueron más alla. Según relata el viajero alemán Karl Scherser, que estuvo de paso por Lima en 1859, la Municipalidad había ordenado que cada barrio tuviera su color especial. Así llegaron a verse paredes pintadas de verde, blanco, amarillo, rosado y azul chillón. El Jirón de la Unión constituyóse en el principio y fin de los nuevos toques y matices que mostraba la ciudad.

"Palacio"
En la primera cuadra (1) del Jirón de la Unión estuvo el solar de los Aliaga. Aún subsiste, pero reformado, siendo sus moradores los descendientes más antiguos de la ciudad. En la esquina con la calle "Polvos Azules" estaban los balcones donde solía alojarse el patriota italiano Guissepe Garibaldi, cada vez que venía a Lima. Lugar de su residencia permanente era la quinta Cafari del Callao. Esa primera cuadra se denominaba "Fierro Viejo". Hoy "Palacio".

Calle Palacio

"Portal de Escribanos"
En lo que era el "Portal de Escribanos" estaba la Casa Consistorial (hoy Municipalidad). La imprenta Varesse y el Jardín Estrasburgo, que se hiciera popular por sus banquetes de postín, noches de farándula e incipiente bataclán para la élite capitalina. Donde funcionaba este singular escenario, regentado por los hermanos Quazza, se levanta ahora el Club de la Unión.

La Municipalidad y el Portal de Escribanos (lado izquierdo)

"Mercaderes"
Antaño la calle más concurrida del Jirón era Mercaderes, con sus cigarrerías , el Club Literario, la cuchillería catalana, la centenaria Botica Francesa, la documental fotográfica del francés Eugenio Courret, la primera imprenta editora del lusitano Manuel Moral (fundador de las publicaciones "Ilustración peruana", "Prisma", "Variedades" y "La Crónica") y la peluquería y perfumería Guillón (que imponía la nota masculina de la moda).

Calle Mercaderes

Calle Mercaderes

"Espaderos"
En el Hotel Cardinal (2) de la calle Espaderos se alojaban artistas y toreros. Después pasaría a llamarse "Americano". En las casas musicales de Guillermo Brabdes y René Fort se estrenaban extraordinarias interpretaciones al piano. La acreditada confitería de Broggi y Dora estaba vinculada a las horas del aperitivo y el té. La casa donde vivió el patriota chileno Bernardo O'Higgins es hoy monumento histórico. También no puede dejarse de mencionar la trágica esquina de la Botica Valverde donde fue asesinado Tomás Gutiérrez por una turba que buscaba vengar la muerte de don José Balta.

Calle Espaderos

"La Merced"
Al frente de la iglesia de La Merced luce la plazuela con el primer monumento al Mariscal Ramón Castilla. Tenía como fondo la fachada de la urbanizadora La Colmena, convertida más tarde en la conocida "Pampa del hambre", el café que inauguró el industrial brasileño León de Monzard. En el atrio de la Iglesia Mercedaria, hacia la calle Jesús Nazareno, el huachano Rodríguez instaló un kiosco de gran clientela para las horas del "lunch". En la cuadra de La Merced tenían sus establecimientos la Librería Rosay, "La voce de Italia" del periodista Emilio Sequi, la Casa de Juguetes Campos, y El Bazar Pathe. Por ahí cerca, el Teatro Campoamor tuvo sus temporadas de éxito con el "cholo" Car Revolledo.

Calle La Merced
(Antes del monumento a Ramón Castilla, estuvo la farola de las "Tres Gracias", frente a la iglesia de La Merced)

"Baquíjano"
En la siguiente calle domiciliaba el preclaro José Baquíjano y Carrillo. Dicha calle hacía esquina con Minería, abriendo lugar al Palais Concert de Visconti y Velásquez, con sus damas vienesas en el palco musical. Los violines arrullaban al grupo intelectual de "Colonida" (Mariátegui, Vallejo Valdelomar y otros). En el sótano funcionaba la Sala Imperio con sus espectáculos permanentes de cine mudo. En los altos, reunía abundante clientela la galería de artículos de fantasía "Lafayette". Donde era el café del huanuqueño Montes se construyó el Teatro Excelsior. Y al frente se levantaron las instalaciones del Diario "La Prensa" fundado en 1903.
En el crucero que daba hacia la Pileta de la Merced tuvo su época de prosperidad la bodega-bar "Cúneo Bandirola"(refrigerio de ricas viandas criollas y de mentados cocktails de guinda y algarrobina).

Calle Baquíjano
(Comenzando la calle, el Palais Concert)

"Boza"
En la última calle del Jirón rimado por los versos de Luis Fernán Cisneros, se hacían carambolas en el billar de los altos de Giacoletti; se bailaba y se comía bien en el "Trocadero de Pedrín" (hoy Galerías Boza); y en la San Martín debutaba en Lima el famoso trío argentino Irusta-Fugazot-Demare el año de 1932.

Calle Boza

"Belén"
Y en lo que fue el Convento de San Juan de Dios y la Plaza de La Micheo (hoy hotel Bolívar), Nicolás de Piérola trazó la Avenida de La Colmena, en cuya berma central se levanta la farola artística que por muchos años estuviera en el foyer del Teatro Municipal.

Antigua Plaza de La Micheo y Estación San Juan de Dios en la calle Belén

Avenida La Colmena y el Hotel Bolívar


Texto de:
Aurelio Collantes
Fuente: El Comercio (18/01/1977)

(1)El autor comienza con la calle Palacio, aunque la primera cuadra del Jirón de la Unión se llamó Plazuela de Desamparados, por la iglesia del mismo nombre que existió en este lugar, junto al Puente de Piedra.
(2) El Hotel Cardinal estuvo en la calle Mercaderes, aunque el autor lo ubica en la calle de Espaderos y lo relaciona con el Hotel Americano que sí estuvo en la calle Espaderos, ambos locales fueron regentados por franceses, quizá tuvieron alguna relación y hubo algún cambio de ubicación.

jueves, 3 de noviembre de 2011

El barrio de la Portada del Callao

(Click para agrandar)
La Plaza 2 de Mayo vista desde Malambito (1900)

En la fiebre arrolladora de urbanización que lo envuelve todo, actualmente han desaparecido, o por lo menos se han esfumado, en Lima, los típicos barrios que otrora fueron campos de muchas hazañas...hazañas de la "mataperrada" limeña. Aquel de la "Portada del Callao", por ejemplo, comprendido entre la antigua y desaparecida "Fábrica del Gas" y el extinguido "Camal" o "Matadero" donde se beneficiaban las reses para el consumo diario de la población.

Fue la "Portada del Callao", uno de los centros más concurridos de la "palomillada limeña"; los que no íbamos a "volar cometa" íbamos a entretenernos al "Tívoli Francés"(1) o a hartarnos de fruta en la "Huerta de las Fresas", que ya no existe, a cuya entrada pagábamos veinte centavos, con poderes amplísimos para comer toda la fruta que pudiera cabernos y con el serio compromiso de no sacar ni un mísero "níspero del Japón", a la calle.

Esta cláusula del "contrato" no la cumplíamos: entre la camisa y el cuerpo llevábamos escondida, al salir de la huerta, cuanta fruta podíamos sacar sin que abultara lo bastante para denunciarnos ante los huertanos; pero sí manchándonos la ropa interior, de manera que las manchas no pasaban desapercibidas para nuestra cuidadosa mamá que nos zamaqueaba fuertemente, cuando las manchas de la fruta nos obligaba a cambiarnos por otra limpia, la ropa que nos habíamos puesto recién en la mañana del mismo día.

En lo que fué "Portada del Callao" existe hoy un barrio suntuoso, una de las más bellas plazas de Lima y una de sus más pintorescas avenidas, la "Alfonso Ugarte"; y alredededor de la obra monumental más artística de todo Sur-América (el monumento al 2 de Mayo) la edificación de mejor aspecto moderno, hecha a expensas del filántropo peruano, acaudalado caballero don Víctor Larco Herrera.

Nadie que ve actualmente la "Avenida Alfonso Ugarte", la Plaza "2 de Mayo" y la "Avenida Bolognesi" puede suponer lo que esos terrenos fueron hace cincuenta años. Esto es una perogrullada; pero para los que como yo recuerdan lo de otrora y al retrotraerlo añoran de la única edad feliz de la vida de todos los seres, osea la niñez, el contraste existe, y se funden en una sola impresión la tristeza de la felicidad perdida y la satisfacción del progreso de la tierra que lo viera a uno nacer...

Extracto del artículo "Los barrios de Lima" de Fausto Gastañeta (1872-1945)

(Click para agrandar)
La Portada del Callao(2) (ca. 1863-1864)

(1) El "Tívoli Francés" fue un jardín cuyo terreno adquirieron en remate los jesuitas, a fines del siglo IXX, para construir el Colegio de la Inmaculada, en donde actualmente se ubica la sede principal de la Universidad Nacional Federico Villareal, en la avenida La Colmena.

(2) La Portada del Callao, estuvo ubicada en la actual Plaza 2 de Mayo, lugar que antes era llamado el Ovalo de la Reina. Era uno de los ingresos y salidas de la ciudad amurallada, orientada hacia el mar, seguía el camino hacia el Callao.

Fuente:
"Crónicas Sabrosas de la Vieja Lima" Tomo I
Lima 1969

domingo, 30 de octubre de 2011

TRANVÍAS DE CABALLO

Con este título, el periodista Leónidas Rivera, en su libro de añoranzas y evocaciones, "Del vivir limeño de antaño - Charlas de Evocación, perifoneadas por Radio Nacional del Perú 1959-1960", nos narra esta crónica o charla de evocación, rememorando aquellos tiempos idos de la Lima de antaño:

TRANVÍAS DE CABALLO

"Vale la pena echar unos parrafitos sobre los antiguos tranvías urbanos de Lima, que halaban tristes y escuálidos caballos y a veces los empujaban resignados pasajeros. Estamos hablando de 1905, precisamente cuando la población de Lima a duras penas llegaba a los 130 mil habitantes.

Escuálidos caballos y resignados pasajeros empujando el tranvía

Foto:
http://www.facebook.com/limantigua
Del Album: FOTOS-Tranvias en Lima Antigua


Había, entre otras, la línea "Matienzo-Santa Clara". Este urbano, un día sí y otro también, interrumpía su viaje. ¿Por qué? Lo ignoramos. Solo sabemos, viendo una fotografía de la época con su respectiva leyenda, que hay cuatro víctimas: Los dos tranviarios y los dos caballos. ¿Se habrá cansado alguno de los cuatro? A uno de los caballos se le ven las costillas. ¡Qué menos! Según las perspectivas del fondo, este breve, pero repetido incidente, ocurre a la altura de la Plaza de Armas, frente al Palacio de Gobierno. En la foto que tengo a la vista, se ve a un “cachaco”, todo vestido de blanco, que presencia impasible el suceso. Dentro del urbano se encuentran una señora con manta y un señor que, acaso es oyente de esta charla mía.

*Aca la foto que nos describe Leonidas Rivera, pero que no aparece en el libro:

Según se aprecia, el tranvía sufrió un descarrilamiento

Foto:
http://www.facebook.com/limantigua
Del Album: FOTOS-Tranvias en Lima Antigua


Una evocación trae siempre, como corolario, la palpitación dolida de las cosas que se fueron para no volver.
En el espíritu de aquellos que las presenciaron o fueron actores, prende, a manera de chispazo, la luminaria pretérita de las épocas lejanas.

Lima, por los días que evoco, tenía costumbres de aldea y atisbos de ciudad.

Venturosos días aquellos en los que sólo sacudía la habitual modorra de la capital, la noticia de una crisis ministerial o la proximidad del estreno de un torero famoso, o de una célebre cantatriz. Broggy y Dora, Nove y el Estrasburgo, eran los centros obligados de reunión para los petrimetres de la época.

Los trenes del ferrocarril inglés daban, en verano, a su itinerario, mayor actividad que la habitual. Los había en la estación veraniega cada hora. El último que salía de la Capital a Chorrillos lo hacía a las once de la noche.

*He querido poner subtítulo propio a lo que sigue del sabroso relato de Leonidas Rivera, por considerarlo algo peculiar del histórico Puente de Piedra

La subida del Puente de Piedra y el auxilio del postillón

En el tráfico urbano (tráfico ayer, tránsito hoy), no había reglamentación. El cuadro era sugestivo. Un silbato entre los dientes del conductor era la señal de alarma para el imprudente peatón que osara atravesar la calzada en momento que el tranvía hacia su recorrido. En los días de corrida en Acho, había que duplicar el servicio y en auxilio de los fatigados jamelgos venían los “postillones”(1) El postillón acudía sólo en casos extremos y venía a ser como una inyección de energía para los vehículos que corrían a la imprudente velocidad de doscientos metros por hora, dicho sea en sentido un tanto humorístico, como una manera de reflejar la lentitud de aquellos tiempos.

La subida del Puente Piedra (2) por estos tranvías urbanos, era todo un espectáculo. El urbano hacia el viaje “Malambo a la Exposición” y parecía engalanado. Lamento no poner delante de los ojos de mis oyentes la fotografía que me sirve para este comentario. Noto el aire triunfal, aire de entradita de pueblo, de los caballos y de los tranviarios que han coronado ya merced a inauditos esfuerzos, la heroica hazaña de trepar la pendiente del Puente Piedra. Son cuatro los caballos que tiran del tranvía. Los caballos, rebeldes o hambrientos, se plantan cien veces al día en su recorrido. El señor Godoy (“Globo con pito”) era el Gerente de la Empresa de Tranvías Urbanos y a él le echaban la culpa…”

*Estoy seguro que ésta es la foto que describe Leonidas Rivera, y que lamentaba no poderla mostrar a los oyentes:
El tranvía después de trepar la subida del Puente de Piedra con mucho esfuerzo

Foto: http://www.facebook.com/limantigua

Del Album: FOTOS-Tranvias en Lima Antigua

(1) Cesar E. Ferreyros, en su libro "Barrios de mi ciudad", nos dice sobre los postillones:"...los famosos postillones, cholos mofletudos sobre viejos jamelgos, quienes tenían la pesada labor de contribuir a hacer fácil la subida de los tranvías hasta la altura de la Plaza de Desamparados, a los gritos destemplados de ¡yújale mulita!".

Juan Carlos Arroyo Ferreyros en su monografía sobre los Tranvías en Lima, nos dice: "Los tranvías eran halados por dos caballos, pero en las gradientes como en la de la calle Huaquilla (cuadra 10 y 11 del jirón Ayacucho) se utilizaba un caballo adicional, cabalgado por un jinete al que se le llamaba "ganchero o postillón" el cual desempeñaba su función en los lugares que previamnete le había destinado la empresa. Algunas veces en el Puente de Piedra, por lo pronunciado de la subida, se precisaba de dos de estos refuerzos, y a pesar de que el Reglamento de Tranways, sólo autorizaba un total de tres caballos halando el tranvía, en este caso eran cuatro los que sudaban la gota gorda cuando el armatoste venía lleno...".

(2) El texto dice Puente Piedra, no Puente de Piedra.

Fuentes:

-Leonidas Rivera
"Del vivir limeño de antaño - Charlas de Evocación, perifoneadas por Radio Nacional del Perú 1959-1960" Lima 1960


- Cesar E. Ferreyros
"Barrios de mi ciudad" Lima 1946

- Juan Carlos Arroyo Ferreyros
Monografía: Tranvías de Lima

http://www.monografias.com/trabajos79/tranvias-lima/tranvias-lima2.shtml

jueves, 13 de octubre de 2011

La Portada de Guía y la iglesia de Nuestra Señora de Guía

La ciudad de Lima, cercada por las murallas que mandó levantar D. Melchor de Navarra y Rocaful, Duque de la Palata, no incluía el "Arrabal" de San Lázaro. Por la margen opuesta del río se entraba a la ciudad por la así llamada Portada de Guía-que daba inicio a la calle de Malambo, hoy Francisco Pizarro-usada por los viajeros para salir del barrio de San Lázaro hacia Cerro de Pasco, o rumbo a Trujillo, camino que seguía el borde de la costa hacia el Norte.

En dicha portada había una especie de caseta de aduana y por allí entraban las recuas cargadas de plata que venían de la cordillera.
Durante la época del virrey Príncipe de Esquilache, cerca de la Portada de Guía, se erigió una capilla a Nuestra Señora de Guía y, junto a ella, el convento recoleto de los frailes agustinos.
Debido a que por la tal portada pasaban los caminantes, escribió Esteban de Terralla y Landa en su Romancero:
Que por la puerta de Guía
Guía luego el arriero,
a quien la guía le piden
de sus cargas luego luego;
Que allí te sirva de Guía
el ir divisando atento
una espaciosa Carrera
que un Malambo irás viendo.

Los guías y arrieros eran gente dedicada a orientar al viajero. Los guías, generalmente, eran indígenas que conocían muy bien la ruta en que servían: por la Costa, una sucesión interminable de llanuras y montículos de arena, en la que, sin un buen guía, había la posibilidad de extraviarse y morir de hambre y sed.
Las dificultades por el camino de la Sierra no eran menos. Senderos estrechos excavados en la roca de las montañas, a veces cortados al borde de profundos abismos, en los cuales había siempre el peligro de despeñarse.
Cerca de esta Portada estuvo el escenario, en tiempos de la República, de una famosa batalla llamada por eso Batalla de Guía (Batalla de 1836, en la que se enfretaron tropas peruanas, bolivianas y chilenas que conformaron los ejércitos de la Confederación Perú-Boliviana y el Ejército Restaurador).
J. von Tschudi
Testimonio del Perú 1838-1842
Extracto del libro Estampas del Rímac
La batalla de Portada de Guía
Autor: Oscar Espinar la Torre

Extracto de Plano de Lima de Santiago Basurco del año 1904. Se señala la ubicación de la Portada de Guía y las ruinas de la Iglesia de Nuestra Sra. de Guía

Plano actual señalando el lugar donde estuviera la Portada de Guía y la zona donde se encontrarían las ruinas de la Iglesia de Nuestra Sra. de Guía

Como se mencionó líneas arriba, en la zona de la Portada de Guía se construyó la capilla y convento a Nuestra Señora de Guía por los frailes agustinos. El historiador Juan Luis Orrego Penagos nos dice en su blog, que según Juan Gunther, esta primera construcción fue demolida en 1625 por el virrey Marqués de Guadalcázar al enterarase de que carecía de licencia real. Pero gracias al empeño de su primer prior el padre Juan Pecador, quien consigue autorización del rey Felipe IV, se incia su reedificación y en 1635 los agustinos inauguran la nueva iglesia. Dos años después se inicia la construcción de una tercera iglesia, inaugurada el 21 de noviembre de 1644. Los terremotos de 1687 y 1746, la destruyeron, y nunca fue reconstruída. Además nos cuenta que según estudios del padre Domingo Angulo, fue iglesia de tres naves, toda de cantería, cal y ladrillo, bóvedas de arista, dos torres a los pies, gran retablo dorado de tres cuerpos, coro con sillería de cedro, y claustro de pilares en el vecino convento.

Sobre la iglesia de Nuestra Señora de Guía y el uso que tuvo con el devenir de los años, cuando ya estaba en ruinas, trata el siguiente artículo, aparecido en la revista Variedades N°7 de 1908.


Las ruinas y el panteón de Guía

Ruinas del antiguo convento de Guía

Entre grandes trozos de pared, y parte del techo, que fué todo de ladrillo, crecen los arbustos y se abre paso la maleza. Al entrar en el recinto de lo que fué templo, pasando entre las dos columnas sin arco de la gran puerta, se vé al fondo la hornacina en que estuvo la imágen de la Virgen de Copacabana y la base de las cinco gradas que conducían al retablo. Los bloques de piedra han desaparecido. Allí en el espacio algo más elevado que el piso de la iglesia, delante de la hornacina está la bóveda, una de esas cavidades que construían los antiguos en sus templos para sepultar prelados y potentados.

Puerta del claustro

El sótano esta repleto de ataúdes, de cajas, de envoltorios. Aproximadamente, la bóveda tiene dos metros y medio de altura. Pues bien, no hay treinta centímetros entre la última caja y el cielo de la cripta; ¿cuántos cadáveres habrán allí? ¿cuántos años hace que se están sepultando en este sitio?
Cuentan los viejos habitantes del barrio de Guía, que, entre las ruinas, construyó un negro, ño Cirilo, su albergue, y hacía de adivinador a la par que de sepulturero. A él se dirigían los pobres, los malambinos, que no podían llevar sus muertos al panteón de Ansieta. Y Cirilo los sepultaba en la bóveda de la iglesia.
Cuando nosotros tuvimos noticia de la existencia de ese cementerio, hacía varios años que Cirilo había entregado su cuerpo a la tierra. No pudimos saber nada por su boca. ¡Cuántos secretos se habrá llevado a la tumba!
Ahora que se nos ocurrió investigar, hemos descubierto que nadie se opone a que las gentes pobres lleven sus cadáveres y continúen arrojándolos dentro del gran nicho. Otros han cavado fosas en el suelo, junto a las paredes, tanto en la iglesia como en la sacristía, y, con esa bienaventuranza que distingue al pobre han escrito en los muros el nombre de los muertos y el día de su entierro.


En el piso de las celdas, todavía marcadas con parte del cimiento, también hay cruces de madera y coronas de flores secas.
Cuando penetramos en la bóveda y vimos los ataúdes, unos sobre otros, conservando aún el charol, y blancos los adornos de lata, creímos que se trataba de un sueño. No lo era.
Hace la friolera de 162 años que todo un barrio, un barrio populoso, viene dando sepultura a sus deudos en el antiguo y derruído templo de Nuestra Señora de Copacabana y Guía. No es alucinación de cronista. Es realidad espeluznante.


Si respeto inspiran los cementerios autorizados, indignación se siente al ver esparcidos por doquier restos humanos, que bien merecen descanso póstumo, cuando van a convertirse en ceniza, después de una existencia en que el fuego letal de las pasiones los ha tenido en infierno incesante.
¡Cómo no se habrá de helar la sangre, viendo que hay cadáveres que sirven de terraplen para que los rápidos trenes del placer asienten su vía! ¡Cómo no horrorizarse leyendo, al lado de un "aquí fue sepultada Mariana"...un "aquí estuvimos yo y Rosa...?"


Hay una nota que habríamos querido sonar, por lo sentimental que es, por lo que apena y castiga el espíritu: la mayor parte de los arrojados allí fueron niños, hijos amados, cuya tumba veneran las madres a través de los años, y venerarían a través de los siglos si vivieran siglos.
Pensamos en la congoja de esos corazones maternales que no pueden colocar una lápida sobre el sepulcro de los queridos trozos de su carne , y que van a llorar sobre las ruinas de un templo, no sobre la tumba de un hijo, porque la miseria hasta allí se disputa, dispersa los huesos y aprovecha el hoyo...

Fachada de la portería

Adolfo Romero.

Visitas a la zona han revelado lo que serían restos de la iglesia y convento de Nuestra Señora de Guía. Increíblemente, después de haber pasado 367 años desde la inauguración de la última iglesia en 1644, y 265 años desde el terremoto de 1746, que acabó por destruírla y se la abandonó, aún quedarían restos de esta antigua construcción. Como vemos, en 1908 sus ruinas todavia eran notorias, aunque entre ellas se había creado un cementerio clandestino. Ahora despues de 103 años, y la ocupación indiscriminada de sus terrenos, las evidencias de esta edificación colonial han desaparecido mayormente. La historia del lugar, sitio de una edificacion colonial y de una batalla histórica, y la presencia de indicios de la iglesia y convento de Nuestra Señora de Guía, hacen necesario un amplio estudio histórico y arqueológico de la zona, que revelen su historia y evolución, para su puesta en valor y difusión que enriquezca la cultura de todo ciudadano que la conozca.

Un amigo, David Segura, visitó hace poco la zona, y captó reveladoras fotografias, de lo que serían las ruinas que aún quedan de la iglesia de Nuestra Señora Guía, cuyos terrenos fueron utilizados en época cercana por una fábrica textil. Aquí algunas fotos.




Les dejo el enlace de su album titulado Al Encuentro de la Portada de Guía
http://www.facebook.com/media/set/?set=a.275471599142420.66009.100000387459406&type=3


Fuentes:

-Revista Variedades Año IV N°07
Lima 18 de abril de 1908

-Libro Estampas del Rímac 2ed. 2009
La Batalla de Portada de Guía
Oscar Espinar La Torre

- Planos de Lima 1613-1983
Juan Gunther Doering

-Blog de Juan Luis Orrego Penagos
La iglesia de Nuestra Señora de Guía
http://blog.pucp.edu.pe/item/143675/la-iglesia-de-nuestra-senora-de-guia

-David Segura
Album titulado Al Encuentro de la Portada de Guía
http://www.facebook.com/media/set/?set=a.275471599142420.66009.100000387459406&type=3